Palo en la rueda No. 2
El sapo hervido o la destrucción sistemática de la democracia
En el continente americano las naciones
independientes se crearon a partir de revoluciones, un levantamiento general en
contra del expansionismo opresor de un imperio, o la organización de
colonizadores que llegaban a tierras vírgenes. El primer paso para consolidar
su existencia fue planear y plasmar en un documento, carta magna o constitución,
la razón de su creación (darlo a conocer a otras naciones, incluido el
imperio), y las reglas básicas de convivencia (para la vida y relaciones
comunales), que aseguraban la libertad recientemente lograda y la limitaban en
beneficio del bien común. El o los fundadores, usualmente preclaros líderes,
educados en los imperios que arribaron a las playas de las nuevas tierras,
conocían los riesgos del exceso del control monárquico, tiránico o autocrático.
Ellos fueron precavidos en la redacción de los artículos, para que el poder no
se centralizara y llevase a un abuso igual al que motivó el levantamiento. Casi
siempre comenzaban el documento declarando libertad de la opresión, de actas y
decretos que mantenían la población en servidumbre, esclavitud y sin derechos.
Y apuntaba más a mantener los logros de la libertad que las reglas internas. En
principio, los valores morales, de origen religioso, o enraizados en jerarquías
tribales, eran suficientes para mantener la paz y el orden. El comercio florecía,
el respeto a las transacciones no requería el control del naciente estado, y la
moralidad, esencial para la vida en comunidad, era mantenida por los mismos
valores de la célula social, esto es, la familia. EL crecimiento poblacional
traía aparejada la necesidad de agregar artículos a la Carta Magna de la
Nación, que definieran la naciente complejidad de las relaciones. El gobierno
de turno se encargaba de redactar, discutir y aprobar leyes que regularan la vida
de los individuos en su entorno social. El gobierno se autocontrolaba mediante la
vigilante observancia de sus pares. Así nació la democracia, un sistema limitante
del potencial abuso del poder, mediante la división de éste en ramas
legislativas, ejecutivas y judiciales. El sistema tenía por meta que los que
detentaban el poder no se eternizaran en el mismo en contra de la voluntad
popular. En otras palabras, que no lo usurparan de su soberano, el pueblo. Para
ello, la elección de quien gobernaba debía permanecer en la gente, el poder
transitorio tenía que ser controlado por el único dueño, la nación. O como lo
expresara Montesquieu: “Para que el abuso de poder se haga imposible, en
necesario que, mediante la disposición de las cosas, el poder (del pueblo) ponga
coto al poder (del gobierno)”.
Y transcurrió el tiempo. Se globalizaron las
economías, las relaciones entre estados y la influencia de los poderosos sobre
los débiles. Se expandieron los imperios, en busca de nuevos mercados, y las
ideas cabalgaron a popa de los navíos mercantes, que seguían a las naves de
guerra.
Dentro de nuestra sociedad, la occidental, y
mas puntualmente, la del Estado Uruguayo, el Poder político se alternó entre
los representantes de la ciudad capital, y los pobladores del campo, las
pequeñas ciudades del interior.
Dos guerras civiles se desataron buscando
centrar el fiel de la balanza, entre el poder central y los olvidados
habitantes de las extensas praderas orientales. Hasta la llegada del socialismo;
una idea foránea, que comenzó a crecer a principios del siglo veinte, se
levantó como bandera de los desamparados, de los carenciados. Estos no se
habían identificado a si mismos como tales, pero les gustó la propuesta, tan
conveniente como promisoria, tan irreal como un unicornio. El poder de turno
creó leyes sociales, y se comenzó a echar mano a las arcas del estado para
repartir dádivas entre los carentes de medios para solventar sus exiguas
economías. Era más fácil regalar que tomar medidas que podían acarrear costos
políticos indeseados.
Los partidos tradicionales, colorados y
blancos, nunca planificaron el futuro, ni se sentaron a discutir seriamente el
desempeño de conductores de la nación. El problema más grave fue que nunca
encararon la solución de la pobreza, de los marginados, más allá de planes de
palabra o livianas leyes imprácticas, que no solucionaban la crisis.
Sin entrar en detalles, el reparto del poder se
mantuvo entre las dos facciones, ambas sabían de una nueva fuerza, la izquierda
acérrima, que crecía, pero hicieron caso omiso a la amenaza, hasta que fue
demasiado tarde. El sistema democrático sucumbió para neutralizarla, y el
enemigo, apagado, pero no muerto, se mantuvo y expandió en el caldo de cultivo
de la aparente recuperación de la libertad perdida.
Es decir, el virus nunca estuvo siquiera en
estado latente, crecía constante, en medio de los débiles esfuerzos por apagarlo.
La frágil democracia fue corroída desde adentro. Como un rompecabezas entremezclado
en el montón de piezas de la complejidad política, sus componentes eran inidentificables.
Las piezas comenzaron a ocupar su lugar sobre el lienzo desgastado del sudor de
unos pocos patriotas que se percataron de la jugada. Los perseverantes opositores
comenzaron el desgaste mediante la alteración de la paz social, el descalabro
de las instituciones, y el daño, perseguido a ultranza, de la economía; todas
las situaciones, eran cuidadosamente planeadas y llevadas a la práctica para el
gradual deterioro social y moral. La mal llamada oposición buscó tomar el
control mediante la técnica del sapo hervido. La sociedad, sumergida en la olla
del desconcierto con agua apenas tibia, confortable, ni se percató que la
temperatura se iba elevando lentamente, de forma tal que, cuando quisieron
reaccionar, estaban cubiertos por el agua hirviendo, paralizados e inoperantes.
El llamado populismo, encontró un camino al poder, y una vez instalado,
concretó su plan destructor. Desalentó la fuerza que anteriormente había
actuado para eliminarlo, mediante el uso de un sistema judicial parcializado,
donde la justicia era solo una excusa, para poner tras las rejas a los únicos
que podían detenerlos, y disuadir, a la vez, a los actuales miembros de las
Fuerzas Armadas.
Alentó el libertinaje, cambió la historia,
destruyó el sistema educativo, y fomentó la delincuencia. Como consecuencia la
sociedad se recluyó, se volvió inoperante. Agónica, luchó desde esa posición
desventajosa, hasta recuperar el poder en las urnas luego de quince años de
saqueo, deterioro social, debilitación del sistema de justicia e incremento
brutal del mercado de la droga. La coalición de centro derecha recibió un país
al borde de la quiebra, que se cree que demorará tres o cuatro períodos de
gobierno serio el revertir, en parte, el daño causado.
La Ley de Urgente Consideración, aprobada y
puesta en práctica, sufre a la fecha el ataque despiadado y mentiroso desde
filas de la izquierda derrotada, donde la verdad y la ética son irrelevantes,
Cualquier medio utilizado y a utilizar justifica el fin de recuperar el poder
para darle el golpe de gracia a este pequeño país que una vez fue llamado la
Suiza de América.
El costo político de las medidas necesarias a
tomar, mantiene al oficialismo paralizado, En el último paro del puerto (setiembre
2021), el Uruguay, que no puede darse el lujo de malgastar un centavo, perdió
al menos tres millones de dólares, sin sumar las pérdidas cuantiosas por
mercaderías que no se pudieron exportar, e importaciones que volvieron a origen
sin ser descargadas.
Nuestra siguiente entrega se referirá al costo
político.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
REJA
01 de diciembre de 2021
Escribe tus comentarios a edicionesdelareja@gmail.com
Comentarios
Publicar un comentario